Los recuerdos me vienen lentos, como pequeñas hojas cayendo en otoño.
“Aquella mañana, serían las 7.55 de un mes de Mayo. La luz entraba por los grandes ventanales de la estación, calentando mi rostro y haciéndome entrecerrar los ojos y, lentamente abandonarme a un mundo de sensaciones placenteras y cálidas. Allí estaba, esperando a mis compañeros de viaje. El tren salía a las 8.30 destino Vitoria, pero nosotros en aquella ruta nos bajaríamos en Valladolid, para, una vez allí, hacer trasbordo y coger un pequeño tren regional hasta la localidad de Quintanilla de las Torres desde donde saldríamos pedaleando camino del Ebro y sus cañones.
En aquel vestíbulo, de aquella estación todo eran voces, susurros y movimientos. El constante trasiego de voces, se confundía con el sucio sonido de los altavoces que avisaba a los viajeros de la próxima salida de tren. El tintineo de las cucharas de café se fundía con las charlas de los amigos y familiares despidiéndose, cargados y atiborrados de grandes bultos.
Recuerdo que entre ruedas, alforjas y manillares aquellas personas que conformábamos el grupo nos saludamos y abrazamos, con una dulce mezcla de descubrimiento y expectación, dispuestos a bajar al andén que ya habían anunciado por megafonía. El grato olor de croissants recién hechos dejaba paso a ese indescriptible olor que tienen los andenes, mezcla de acero, gas-oil y cables eléctricos quemados. La temperatura en aquella dulce mañana era buena y atrás fueron quedando los sonidos frenéticos y delirantes de la estación. Entre pequeñas carreras buscamos y encontramos el vagón que la compañía de tren tenía a disposición de todas aquellas personas que como nosotros, viajábamos con nuestras bicicletas.
Una amable azafata nos indicó dónde y cómo colocar nuestras bicicletas y nuestros pertrechos, el espacio habilitado para ello era diáfano y con un espacio compuesto especialmente con 20 ganchos a diferentes alturas para poder colocar las bicicletas en posición vertical y en diferentes alturas, para que no dieran los manillares unos con otros y así ocupasen menos longitud en total.
Qué diferencia con respecto a aquellos años en los que el ferrocarril estaba pensado exclusivamente para ejecutivos y comerciales donde lo que predominaba era la rapidez del viaje y llegar cuanto antes a la estación de destino. Aquellos tiempos en los que se pensaba más en los “altos rendimientos”, en los “clientes”, en los “productos” y, poco, o casi nada, en las personas y en sus necesidades. Hubo momentos en que la gran empresa de servicios ferroviarios del país se había desprendido de casi todas sus estaciones y apeaderos, dejando un gran número de poblaciones incomunicadas y sin posibilidad de desplazamientos a medianas ciudades, por no se sabe qué mentalidad economista decretada por altos políticos y gerifaltes de altos vuelos, que lo único que tenían en mente era ganar, ganar y ganar dinero en una carrera frenética, vaciando los bolsillos de los ciudadanos, en un afán competitivo sin precedentes.
Pero todo aquello tuvo su fin, el día que sin avisar se presentó el gran desplome de los mercados financieros, económicos y laborales, y los sistemas se vieron envueltos en una verdadera revolución de los valores, tanto ideológicos, económicos, como éticos y filosóficos y se volvió a pensar en las personas, y en el medio ambiente y en sus necesidades reales. Se empezó de nuevo a corregir las grandes equivocaciones y a dar trabajo, volviendo a abrir apeaderos, estaciones y servicios que se habían cortado de raíz, proyectando nuevas líneas de servicio, abriéndose a la población y a sus diferentes localidades y trazando una inmensa red que dio cobertura a un gran número de pequeñas poblaciones con pequeños tranvías que enlazaban con estaciones que, a su vez, enlazaban con otro tipo de trenes, así hasta llegar a conectar todo el país.
Y, nosotros allí íbamos, a realizar uno de los viajes en bicicleta más agradables y placenteros de los que yo recuerde.”
Todos estos recuerdos me vienen ahora, mirando entre la ventana de este pequeño tren, a lo lejos, las suaves colinas y los espesos bosques que me llevan a un pasado soñado en un recuerdo.
Carlos Gamo