Todo comienza, como suele ser habitual, en una estación de tren, una de las más populosas de todas, la de Atocha en Madrid. Una amiga feliz e inocente decide hacer la compra de 4 billetes para un tren que nos deje lo más cerca posible de la Vía verde de la Jara, esa a la que RENFE ha contribuido con dinero para su rehabilitación. La primera sorpresa llega pronto, cuando el taquillero dice que no le puede vender billetes para llegar hasta allí porque, pese a haber una estación (Calera y Chozas) al principio de la vía, ya no paran allí los trenes, así que cambio de planes, a parar en Talavera de la Reina. Esta amable amiga le dice que vamos cuatro personas con nuestras respectivas bicicletas, a lo cual el taquillero le contesta que el R-598 es el tren ideal, puesto que se pueden llevar bicis, es más, lo señalará en el sistema informático, para que no haya problemas. Hasta ahí todo perfecto, saca los billetes de ida y regreso y con una sonrisa en los labios mi amiga piensa en su primera excursión de dos días en bici.
El sábado salimos de la estación de Atocha sin problemas ni contratiempos, montamos en el tren y colocamos nuestras bicis en los ganchos correspondientes. Cuando viene el interventor se sorprende por ver bicis en el tren, porque no las ha visto nunca (algo que no nos debe extrañar debido a lo disuasorio que es llamar al teléfono que te informa sobre los permisos y la normativa a la que hacen referencia desde dicho teléfono). Como no hay problemas con las bicis y el interventor es un amigable y simpático andaluz, le preguntamos por la difunta estación de Calera y Chozas, por ver si aún es facultativa, como lo era antaño, y, después de hacer varias comprobaciones nos dice que de forma excepcional vamos a poder parar allí, lo cual nos viene fenomenal para empezar nuestra ruta. Le damos las gracias y nos bajamos en unos 30 segundos, pese a la bronca que le hecha el jefe de estación de Calera y Chozas, que ya no estaba acostumbrado a usar el banderín.
El viaje en bici por esta vía es soleado, feliz y muy divertido, así que con ganas y brío nos dirigimos de nuevo a la estación de Calera y Chozas para ver si al día siguiente la estación sigue siendo facultativa y nuestros dos cansados y novatos amigos no tienen que continuar hasta Talavera de la Reina por carretera. Un amable jefe de estación nos recibe en este desértico lugar sin viajeros. Nos dice amablemente que aquí el tren ya no para y no va a hacerlo, pero que va a hablar con un responsable de RENFE por ver lo que se puede hacer. La cara de cansancio de uno de nuestros amigos le hace sacar el lado más humano y se implica con nosotros. Al final, y después de mucho debate a tres bandas nos dice que el único tren que pararía es el último, para el cual no tenemos billete y el jefe de estación no estaría tampoco para pararlo, con lo que si se olvida el conductor del tren nos quedaremos allí a pasar la noche. Estaba claro, otros 14 kilómetros hasta la transitada estación de Talavera para coger el tren para el que tenemos billetes y que es exactamente igual que el de ida.
Estamos tranquilamente en la estación y decido ir a ver al jefe de estación para que me comente donde suele parar el tren para colocarnos lo mejor posible y no entorpecer a nadie. En este caso, el estresado jefe de estación me recibe de mal humor y me dice que no vamos a montar en el tren con las bicis, y de esa manera me entero que el responsable de RENFE que ya estaba alertado en Calera y Chozas ha decidido que no tiene nade mejor que hacer y que quiere ponernos en problemas aún antes de que realmente nosotros seamos tal cosa.
Cuando llega el tren a la estación el interventor, que no tiene en absoluto del gracejo que el del día anterior, se lanza antes de que frene el tren al andén para impedirnos físicamente la entrada en el compartimiento correspondiente. Nosotros le enseñamos nuestros billetes y le decimos que nos han informado en Atocha que podemos usar este tren para volver y que cuenta con unos ganchos específicos que vemos están totalmente libres. Después de unos minutos de discusión y tensión el interventor hace un gesto al conductor e inicia el cierre de puertas, nosotros nos ponemos en medio y lo impedimos, a la vez que colma nuestra paciencia y abordamos el tren con cara de pocos amigos. El nos advierte que el jefe de estación ya ha llamado a la Guardia Civil y que nos estarán esperando en Torrijos, a la vez que reitera que los ganchos del tren son para bicis plegables, que si están permitidas. En lo que va a por la reglamentación nosotros aprovechamos para colocar nuestras bicis en su sitio y meter las alforjas debajo, como deben ir para no molestar a nadie, y a la vez nos fijamos en la cantidad de gente que está de pie y que admite no tener billete.
Cuando vuelve con la normativa, el interventor observa aturdido que las bicis no han producido ningún problema y que están perfectamente colocadas, a la vez que ve a todo el vagón mirar con perplejidad, puesto que no saben porqué se están ensañando de esa manera con nosotros, puesto que no hemos ocasionado trastorno alguno, al contrario, hemos cedido nuestros asientos numerados a gente que iba de pie. El interventor, al repasar la normativa y ver que no tenía razón, y aunque en teoría hace falta permiso para llevar las bicis en ese tren, comprende que el error lo ha tenido el vendedor de billetes de Atocha y que nosotros no tenemos culpa de nada; mira su reloj y se da cuenta de que un desalojo supondría un retraso que obligaría a RENFE a devolver parte del dinero a los viajeros, así que decide llamar al responsable de turno y decirle que no va a desalojarnos.
Cuando paramos en Torrijos vemos a la Guardia Civil esperando con cara de pocos amigos, supongo que esperando ver esos transgresores de la ley que querían pasar un fin de semana con la bici. El interventor les despide y les pide perdón por la llamada. Nosotros ya viajamos algo más calmados hasta Madrid, donde redactamos nuestras reclamaciones para que conste el hecho en cuestión, entre personas alucinadas y algún responsable curioso que baja a ver a los malos bichos que han logrado sobrevivir a la jugada que tanto prometía esa tarde, entre risas socarronas y preguntas curiosas.
Este es un relato real de 4 personas que intentaron pasar un fin de semana en bici usando el tren para desplazarse, y que sufrieron lo que viene siendo cada vez más habitual, una normativa con más excepciones que normas que busca cómo impedir que las bicis suban al tren (en otros países se hace al revés, regulan la entrada de bicis en el tren) y unos responsables de Media Distancia que parecen tener alergia a la intermodalidad…
Javier Pou